Innovación y Neurociencia aplicada

Recuerdas el anuncio que decía, “¿te gusta conducir?”

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Estimado lector, en este artículo quiero compartir contigo una “inquietud” sobre el constante foco de las organizaciones en la innovación.

Quiero recordar que desde que sabemos que el cerebro es plástico y que tiene esa capacidad de regeneración, se nos abre un océano de posibilidades en las que podremos bucear a la lo largo de nuestra vida. La clave es dar con la puerta de acceso en nuestro cerebro a ese océano.

Acudir a la etimología de las palabras puede ayudar a tener una perspectiva más amplia de las cosas y cuando hablamos de innovación sabemos que procede del latín “innovatĭo-ōnis” que deriva del término “innovo-are” (hacer nuevo, renovar, alterar, mudar), que se forma con “in” (hacia dentro) y “novus” (nuevo).

En el lenguaje del día a día de las empresas se habla mucho de innovación y de creatividad, y muchas veces, se utilizan indistintamente. William Coyne comenta que: “La creatividad es pensar en ideas nuevas y apropiadas, mientras que la innovación es la aplicación con éxito de las ideas dentro de una organización. En otras palabras, la creatividad es el concepto y la innovación es el proceso

Sea de una manera o de otra, la cuestión es que muchos de los esfuerzos de innovación (de poner en practica esas ideas creativas) no llegan a buen término. Desde mi punto de vista hay dos claves que no se están teniendo suficientemente en cuenta:

  1. llevar la innovación a la puesta en práctica de “cosas nuevas” en el día a día de una organización requiere alinear los cuatro cuadrantes del cambio de Ken Wilber y
  2. además de lo anterior, necesitamos conocer cómo “llevarnos bien con nuestro cerebro” para sacarle el máximo partido.

Respecto al primer punto, si la innovación implica cambio, hay dos dimensiones internas: la individual y la colectiva, que contienen las “creencias y asunciones” sobre las formas de hacer de la Organización que pueden potenciar ese proceso de innovación o limitarlo por completo.

Si solo ponemos nuestros esfuerzos en procedimientos “muy bien pensados y eficientemente bien diseñados y estructurados” pero que no estén alineados con esas creencias y asunciones individuales y colectivas tendremos muchas posibilidades de fracaso. Por ello, no deberíamos “dejar de lado” estas dos dimensiones al realizar estos procesos de cambio desde la innovación. Para más información sobre el modelo de Ken Wilber, puedes consultar el siguiente link: Los 4 cuadrantes del cambio

Los-4-cuadrantes-del-cambio

Respecto al segundo punto, para llevarnos bien con nuestro cerebro necesitamos acceder al “sistema operativo” que sostiene esas creencias y suposiciones antes citadas y tratar de alinearnos con ellas o al menos encontrar algunas posibilidades de conexión entre ellas.

Tratar de realizar este acceso sin entrenamiento y sin consciencia de lo que supone implica que salten de forma automática todas las alarmas internas capitaneadas por la amígdala (nuestro guardián del cerebro límbico o de las emociones) y que el “coctel de neurotransmisores” se ponga a favor o en contra de este proceso de innovación.

Recordemos que nuestro cerebro tiene la capacidad de evolucionar y desarrollar nuevos caminos y conexiones neuronales, esto es la Neuroplasticidad, pero si le ponemos en la tesitura de elegir entre supervivencia y evolución elegirá en automático la primera.

Dicho esto, recuerdas el anuncio que decía, “¿te gusta conducir?” ¿Cuántas veces las organizaciones dan con ideas geniales e innovadoras y a la hora de llevarlas a la práctica, se diluyen, no salen, se bloquean o se pierden en la estructura? frente aquellas otras muchas que si salen adelante…

Por si quieres deleitarte con el anuncio puedes verlo en el siguiente link: ¿Te gusta conducir?

Si deseas más información, no dudes en contactarme.

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